VII - PARADOJAS E HIPÓTESIS SOBRE EL HOMBRE DESPIERTO

Por qué nuestras tres historias han defraudado a los lec­tores. — No sabemos nada serio sobre la levitación, la, inmortalidad, etc. — Sin embargo, el hombre tiene el don de ubicuidad, ve a distancia, etc. — ¿A qué llaman ustedes una máquina? — Cómo pudo nacer el primer hombre despierto. — Sueño fabuloso, pero razonable, sobre las civilizaciones desaparecidas. — Apólogo de la pantera. — La escritura de Dios.

Estos casos son claros. Sin embargo, corren el riesgo de defraudar al lector. Y es que la mayoría de los hom­bres prefieren las imágenes a los hechos. Andar sobre las aguas es la imagen de dominar el movimiento; detener el Sol es la imagen de triunfar sobre el tiempo. Dominar el movimiento, triunfar sobre el tiempo, son acaso hechos reales, posibles, en el seno de una conciencia cambiada, en el interior de un espíritu poderosamente acelerado. Y estos hechos pueden, sin duda, engendrar mil conse­cuencias considerables en la realidad tangible: en la téc­nica, en las ciencias, en las artes. Pero la mayoría de los hombres, en cuanto se les habla de un estado de concien­cia distinto, quieren ver a gente que anda sobre las aguas, que detiene el sol, que pasa a través de los muros o que parece tener veinte años cuando tiene ochenta. Para em­pezar a creer en las infinitas posibilidades del espíritu despierto, esperan que la parte infantil de su inteligen­cia, que da crédito a imágenes y leyendas, haya encon­trado excusa y satisfacción.

Pero hay más. En presencia de casos como los de Ramanuján, Cayce o Boscovich, uno se niega a pensar que se trate de espíritus diferentes. Se admite solamen­te que espíritus como los nuestros han tenido el privile­gio de «subir más alto que de costumbre» y que, «allá arriba», han obtenido ciertos conocimientos. Como si existiese algún lugar en el Universo, una especie de al­macén anexo de la medicina, de las matemáticas, de la poesía o de la física, en el cual se abastecen algunas in­teligencias campeonas de altura. Esta visión absurda tranquiliza.

Por el contrario, a nosotros nos parece que Cayce, Ramanuján y Boscovich son espíritus que se han que­dado aquí (¿adonde ir?), entre nosotros, pero que han funcionado a una velocidad extraordinaria. No se trata de diferencia de nivel, sino de diferencia de velocidad. Lo mismo diremos de los más grandes espíritus místi­cos. En física nuclear como en psicología, los milagros están en la aceleración. Entendemos que el tercer esta­do de conciencia o estado de alerta, debe ser estudiado partiendo de aquella noción.

Sin embargo, si este estado de alerta es posible, si no es un don venido del cielo, un favor de algún dios, sino que, por el contrario, está contenido en el equipo del cerebro y del cuerpo, este equipo, una vez puesto en funcionamiento, ¿no puede modificar en nosotros otras cosas distintas de la inteligencia? Si el estado de alerta es una propiedad de algún sistema nervioso supe­rior, esta actividad debería poder actuar en todo el cuerpo, darle poderes extraños. Todas las tradiciones atribuyen al estado de alerta ciertos poderes: la inmor­talidad, la levitación, la telequinesia, etc. Pero, estos po­deres, ¿son sólo imágenes de lo que puede el espíritu cuando ha cambiado de estado, en el terreno del cono­cimiento? ¿O bien son realidades? Hay algunos casos probables de levitación.1 En lo que atañe a la inmortali­dad, no hemos dilucidado el caso Fulcanelli. Es todo lo que podemos decir seriamente al respecto. No posee­mos ninguna prueba experimental. Nos atrevemos, in­cluso, a decir que no nos interesa mayormente.

No nos atrae lo chocante, sino lo fantástico. Por lo demás, esta cuestión de los poderes paranormales merecía ser abor­dada de otra manera. No desde el punto de vista de la lógica cartesiana (que Descartes, si viviera hoy, se habría apresurado a repudiar), sino desde el de la ciencia abierta contemporánea. Contemplemos las cosas con los ojos del hombre de fuera que desembarca en nues­tro planeta: la levitación existe, la visión a distancia existe, el hombre tiene el don de ubicuidad, el hombre se ha apoderado de la energía universal. El avión, el ra­diotelescopio, la televisión, la pila atómica, existen. No son productos naturales: son creaciones del espíritu humano. Esta observación puede parecer pueril, pero es vivificante. Sería pueril atribuirlo todo al hombre solo. El hombre solo no tiene el don de ubicuidad, no vuela, no posee la visión a distancia, etcétera. En efecto, es la sociedad humana, no el individuo, quien tiene es­tos poderes. Pero la noción del individuo es acaso pue­ril, y la tradición, con sus leyendas, se expresaba tal vez en nombre del conjunto humano, en nombre del fenó­meno humano.

1. Véase La levitación, por el R. P. Olivier Leroy. Éditions du Cerf, París.

«¡No hablan ustedes en serio! ¡Nos están hablando de máquinas!»

Esto es lo que dirán, tanto los racionalistas que ape­lan a Descartes como los ocultistas que se amparan en la «tradición». Pero, ¿a que se llama máquinas? He aquí una nueva pregunta que merece ser mejor plan­teada.

Algunas líneas trazadas con tinta en un pergamino, ¿son una máquina? Pues bien, la técnica de los circuitos impresos, empleada corrientemente por la electrónica moderna, permite realizar un receptor de ondas com­puesto de líneas trazadas con tintas, una de las cuales contiene grafito y la otra cobre.

Una piedra preciosa, ¿es una máquina? No, res­ponde el coro. Sin embargo, la estructura cristalina de una piedra preciosa es una máquina compleja, y utiliza­mos el diamante como detector de las radiaciones atómicas. Cristales artificiales, los transistores, sustituyen a la vez a las lámparas electrónicas, a los transformado­res, a las máquinas giratorias eléctricas del tipo conmu­tadoras para elevación de voltaje, etc.

El espíritu humano, en sus creaciones técnicas más útiles y más eficaces, emplea medios cada vez más sim­ples.

«Juegan ustedes con las palabras —protesta el ocul­tista—. Yo hablo de manifestaciones del espíritu huma­no sin intermediario de clase alguna.»

Pero es él quien juega con las palabras.

Nadie ha registrado jamás una manifestación del espíritu humano que no haya empleado alguna máqui­na. La idea de «el espíritu en sí» es una perniciosa fan­tasmagoría. El espíritu humano en acción utiliza una máquina completa, puesta a punto en tres mil millones de años de evolución: el cuerpo humano. Y este cuerpo no está solo jamás, no existe solo: está atado a la Tierra y al Cosmos entero por mil lazos materiales y energé­ticos.

No lo sabemos todo del cuerpo. No conocemos to­das sus relaciones con el Universo. Nadie podría decir cuáles son los límites de la máquina humana, y cómo podría emplearla un espíritu que aprovechase hasta el máximo sus posibilidades.

No lo sabemos todo sobre las fuerzas que circulan en lo más profundo de nosotros y a nuestro alrededor, en la Tierra, alrededor de la Tierra, en el vasto Cosmos.

Nadie sabe cuáles son las fuerzas naturales simples, todavía insospechadas y, sin embargo, al alcance de la mano, que un hombre dotado de una conciencia des­pierta, con una visión de la Naturaleza más directa que la de nuestra inteligencia lineal, podría utilizar.

Fuerzas naturales simples. Consideremos una vez más las cosas con la mirada bárbara y lúcida del ser ve­nido de fuera: nada más sencillo, más fácil de realizar, que un transformador eléctrico. Los egipcios de la más remota antigüedad habrían podido construirlo, si hubiesen conocido la teoría electromagnética.

Nada más fácil que la liberación de la energía ató­mica. Basta disolver una sal de uranio pura en agua pe­sada, y se puede obtener el agua pesada destilando el agua ordinaria durante veinticinco o cien años.

La máquina de predecir las mareas, de Lord Kelvin (1893), de donde nacieron nuestros calculadores analógicos y toda nuestra cibernética, fue construida con po­leas y trozos de cordel. Los sumerios habrían podido realizarla.

He aquí un punto de vista que presta dimensiones nuevas al problema de las civilizaciones desaparecidas. Si hubo en el pasado hombres que alcanzaron el estado de alerta, y si no aplicaron solamente sus poderes a la religión, a la filosofía y a la mística, sino también al co­nocimiento objetivo y a la técnica, es perfectamente na­tural, racional y razonable admitir que pudieron hacer «milagros», incluso con los más sencillos aparatos.1

1. Si la mayoría de los arqueólogos están de acuerdo en negar totalmente la existencia en el pasado de civilizaciones avanzadas y que disponían de medios materiales poderosos, la posibilidad de la existencia, en todas las épocas de la Humanidad de un reducido por­centaje de seres despiertos que utilizaran las fuerzas naturales con «los medios de a bordo», difícilmente puede ser discutida.

Pensamos incluso que un examen metódico de los datos ar­queológicos e históricos confirmarían esta hipótesis.

¿Cómo habría comenzado este despertar?

Desde luego, se pueden invocar las intervenciones de Fuera. También se puede imaginar una interpretación puramente materia­lista, racionalista.

Quisiéramos proponer esta interpretación. La física de los rayos cósmicos descubrió hace ya años lo que llama acontecimientos ex­traordinarios. Se llama «acontecimientos» en física cósmica a la coli­sión entre una partícula procedente del espacio y nuestra materia.

En 1957, según apuntamos en nuestro estudio sobre la alquimia, se detectó una partícula excepcional de una energía fantástica (energía que alcanzó 1018 electrónvoltios, mientras que la fisión del uranio sólo produce 2 x 108).

Un hombre, un sabio —nos cuenta Jorge Luis Borges—, había consagrado toda su vida a buscar, entre los innumerables signos de la Naturaleza, el nombre inefa­ble de Dios, la cifra del gran secreto. De tribulación en tribulación, es detenido por la Policía de un príncipe y condenado a ser devorado por una pantera. Lo meten en una jaula. Al otro lado de la reja que van a levantar dentro de un instante, la fiera se prepara para el festín. Nuestro sabio contempla a la bestia, y he aquí que al observar las manchas de su piel, descubre a través del ritmo de las formas, el número, el nombre que tanto y en tantos lugares había buscado. Entonces sabe por qué va a morir, y que morirá exaltado... y que esto no es morir.

El Universo nos devora o nos entrega su secreto, según sepamos o no contemplarlo. Es muy probable que las leyes más sutiles y más profundas de la vida y del destino de todo lo creado estén inscritas claramente en el mundo material que nos rodea, que Dios haya grabado su escritura en las cosas, como la grabó para nuestro sabio en la piel de la pantera, y que baste con una cierta mirada... El hombre despierto tendría esta cierta mirada.

Admitamos que sólo una vez, desde que nació la Humanidad, una de estas partículas haya chocado con un cerebro humano. Quién sabe si las enormes energías desprendidas no pudieron producir una activación y si no nacería así el primer «hombre despierto».

Este hombre habría podido descubrir y aplicar técnicas para transmitir el estado de alerta. Esta técnica se habría prolongado has­ta nuestra época bajo formas diversas, y la Gran Obra de los Alqui­mistas, la Iniciación, serían acaso algo más que leyendas.

Evidentemente, nuestra hipótesis no es más que una hipótesis. No parece experimentalmente comprobable, puesto que no se pue­de siquiera concebir un acelerador artificial que produjese tan for­midables, tan fantásticas energías. Todo lo que podemos decir es que el gran sabio inglés sir James Jeans escribió: «Tal vez ha sido la radia­ción cósmica la que ha hecho el hombre del mono.» (Esta cita es de su libro El misterioso Universo, Hermann, ed., 1929.)

No hacemos más que completar estas ideas con datos moder­nos que sir James ignoraba y que nos permiten escribir:

«Acaso son los acontecimientos cósmicos excepcionales de energías fantásti­cas, los que han hecho del hombre el superhombre.»

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