IX - EL PUNTO MÁS ALLÁ DEL INFINITO

Del Surrealismo al Realismo Fantástico. — El Punto Supremo. — Desconfiad de las imágenes. — La locura de Georg Cantor. — El yogui y el matemático. — Una aspiración fundamental del espíritu humano. — Frag­mento de una novela de Jorge Luis Borges.

En los capítulos precedentes he querido dar una idea de los estudios posibles sobre la realidad de otro estado de conciencia. En este otro estado, si es que exis­te, todo hombre dominado por el demonio del conocimiento encontraría tal vez una respuesta a la pregunta siguiente, que siempre acaba por formularse:

«¿Es que no puede encontrarse un lugar, en mí mis­mo, desde el cual todo lo que me ocurre sea explicable inmediatamente, un lugar desde el cual todo lo que veo, sé o siento, pueda descifrarse enseguida, ya se trate del movimiento de los astros, de la disposición de los pétalos de una flor, de los movimientos de la civilización a que pertenezco, o de los movimientos más secretos de mi co­razón? ¿Es que esta inmensa y loca ambición de comprender, que arrastro como a despecho de mí mismo a través de todas las aventuras de mi vida, no puede ser, un día, enteramente y de golpe saciada ? ¿ Es que no hay nada en el hombre, en mí mismo, un camino que conduzca al conocimiento de todas las cosas del mundo? ¿Es que no reposa en el fondo de mí la llave del conocimiento total?»

André Bretón, en el segundo manifiesto del Surrea­lismo, creyó poder responder definitivamente a esta pregunta:

«Todo induce a creer que existe un cierto punto del espíritu, desde el cual la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunica­ble y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser per­cibidos contradictoriamente.»

Desde luego, no pretendo aportar, a mi vez, una respuesta definitiva. Hemos querido sustituir los méto­dos más humildes y el aparato más pesado de lo que lla­mamos, Bergier y yo, «realismo fantástico. Voy, pues, a apelar, para estudiar esta cuestión, a varios planos del conocimiento. A la tradición esotérica. A las matemáti­cas de vanguardia. Y a la literatura moderna insólita. Realizar el estudio en planos diferentes (aquí, el plano del espíritu mágico, el plano de la inteligencia pura y el plano de la intuición poética), establecer comunicacio­nes entre éstos, verificar por comparación las verdades contenidas en cada estadio y hacer surgir, finalmente, una hipótesis en que se encuentren integradas estas ver­dades: éste es exactamente nuestro método. Nuestro grueso y tosco libro no es más que un principio de de­fensa y de ilustración de este método.

La frase de André Bretón: «Todo induce a creer...» data de 1930. Alcanzó un éxito extraordinario. Todavía hoy se la cita y comenta sin cesar. Y es que, en efecto, uno de los rasgos de la actividad del espíritu contemporá­neo es el interés creciente por lo que se podría llamar: el punto de vista más allá del infinito.

Este concepto puebla las tradiciones más antiguas, igual que las matemáticas más modernas. Llenaba el pensamiento poético de Valéry, y uno de los más grandes escritores vivientes, el argentino Jorge Luis Borges, le ha consagrado su más bella y sorprendente novela,1 dando a ésta el título significativo de El Aleph. Este nombre es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. En la Cabala, designa el En Soph, el lugar del conocimiento total, el punto desde el cual el espíritu percibe de un solo golpe la totalidad de los fenómenos, de sus causas y de su sentido. Se dice, en numerosos textos, que esta letra tiene la forma de un hombre que muestra el cielo y la Tierra para indicar que el mundo de abajo es el espejo y el ma­pa del mundo de arriba. El punto Más Allá del Infinito es este punto supremo del segundo manifiesto del Surrea­lismo, el punto Omega del padre Teilhard de Chardin y el remate de la Gran Obra de los alquimistas.

¿Cómo decir claramente este concepto? Intenté­moslo. Existe en el Universo un punto, un lugar privi­legiado, desde el cual se descubre el velo de todo el Universo. Observamos la creación con instrumentos, telescopios, microscopios, etc. Pero al observador le bastaría con hallarse en aquel lugar privilegiado: en un relámpago, se le aparecería el conjunto de los hechos, el espacio y el tiempo le serían revelados en la totalidad y la significación última de sus aspectos.

1. Publicada por la revista Les Temps Modernes en junio de 1957 y traducida del español por Paul Benichou. Ofrecemos un fragmento de ella al final de este capítulo.

Para hacer sentir a los alumnos de la clase de sexto lo que podía ser el concepto de eternidad, un padre jesuíta de un célebre colegio se servía de la imagen si­guiente: «Imaginad que la Tierra es de bronce y que una golondrina, cada mil años, la roza con un ala. Cuando toda la Tierra se haya desgastado de este modo, sólo entonces empezará la eternidad...» Pero la eternidad no es sólo la infinita longitud del tiempo. Es una cosa distinta de la duración. Hay que desconfiar de las imágenes. Sirven para transportar a un nivel de con­ciencia más bajo la idea que sólo puede respirar en otra altura. Entregan un cadáver al subsuelo. Las únicas imágenes capaces de transportar una idea superior son las que crean en la conciencia un estado de sorpresa, de extrañamiento, susceptible de elevar esta conciencia hasta el nivel en que vive la idea en cuestión, en que puede ser captada en toda su frescura y su fuerza. Los ritos mágicos y la verdadera poesía no tienen otra fina­lidad. Por esto no intentaremos dar una «imagen» de este concepto del punto Más Allá del Infinito. Prefe­rimos remitir al lector al texto poético y magnífico de Borges.

Borges, en su novela, utilizó los trabajos de la Ca­bala, de los alquimistas, y las leyendas musulmanas. Otras leyendas, tan antiguas como la Humanidad, evo­can este Punto Supremo, este lugar Privilegiado. Pero la época en que vivimos tiene la particularidad de que el esfuerzo de la inteligencia pura, aplicada a una investi­gación ajena a toda mística y a toda metafísica, nos ha llevado a conceptos matemáticos que nos permiten ra­cionalizar y comprender la idea de transfinito.

Los trabajos más importantes y más singulares se deben al genial Georg Cantor, que moriría loco. Estos trabajos son todavía discutidos por los matemáticos, algunos de los cuales pretenden que las ideas de Cantor son lógicamente indefinibles. A lo cual los partidarios del transfinito replican: «¡Nadie nos arrojará del Paraí­so abierto por Cantor!»

Resumiremos, a grandes rasgos, el pensamiento de Cantor. Imaginemos, sobre estas hojas de papel, dos puntos, A y B, distantes un centímetro uno de otro. Tracemos el segmento de recta que une A a B. ¿ Cuán­tos puntos hay en este segmento? Cantor demuestra que hay más que un número infinito. Para llenar completamente el segmento, se necesita un número de pun­tos mayor que el infinito: el número alefh.

Este número es igual a todas sus partes. Si se divide el segmento en diez partes iguales, habrá tantos puntos en una de las partes como en todo el segmento. Si se construye un cuadrado, partiendo del segmento, habrá tantos puntos en el segmento como en la superficie del cuadrado. Si se construye un cubo, habrá tantos puntos en el segmento como en el volumen del cubo. Si se construye, partiendo del cubo, un sólido de cuatro di­mensiones, un tessaract, habrá tantos puntos en el seg­mento como en el volumen de cuatro dimensiones del tessaract. Y así sucesivamente, hasta el infinito.

En esta matemática del transfinito, que estudia los aleph, la parte es igual al todo. Es una perfecta locura, si adoptamos el punto de vista de la razón clásica; sin em­bargo, es perfectamente demostrable. Igualmente demostrable es el hecho de que, si se multiplica un aleph por no importa qué número, se llega siempre al aleph. Y he aquí cómo las altas matemáticas contemporáneas coinciden con la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto («lo que está arriba es como lo que está abajo») y la intuición de los poetas como William Blake (todo el Universo contenido en un grano de arena).

No existe más que un modo de pasar más allá del aleph, y es elevarlo a la potencia aleph (sabido es que A elevado a B significa A multiplicado por A un número B de veces; aleph elevado a la potencia aleph es otro aleph).

Si llamamos cero al primer aleph, el segundo es aleph uno, el tercero es aleph dos, etc. Ya hemos dicho que aleph cero es el número de puntos contenidos en un segmento de recta o de un volumen. Se demuestra que aleph uno es el número de todas las curvas raciona­les posibles contenidas en el espacio. En cuanto a aleph dos, corresponde a un número que sería mayor que todo lo que se puede concebir en el Universo. No exis­ten en el Universo objetos en número bastante para que, al contarlos, se llegue a un aleph dos. Y los aleph se extienden hasta el infinito. El espíritu humano logra, pues, desbordar el Universo, construir conceptos que el Universo no podrá llenar jamás. Es un atributo tradi­cional de Dios, pero jamás se había imaginado que el espíritu pudiese apoderarse de este atributo. Probable­mente fue la contemplación de los aleph más allá del dos lo que volvió loco a Cantor.

Los matemáticos modernos, resistentes o menos sensibles al delirio metafísico, manejan conceptos de este orden e incluso deducen de ellos ciertas aplicacio­nes. Algunas de éstas son de naturaleza tal que confun­den el sentido común. Por ejemplo, la famosa parado­ja de Banach y Tarski.1

1. Matemáticos polacos contemporáneos. Banach fue asesina­do por los alemanes en Auschwitz. Tarski vive todavía y está actual­mente traduciendo al francés su monumental tratado de lógica matemática.

Según esta paradoja, es posible tomar una esfera de dimensiones normales, por ejemplo, la de una manza­na o de una pelota de tenis, cortarla en rodajas y volver a juntarlas enseguida, de manera que se obtenga una esfera más pequeña que un átomo o más grande que el Sol.

No se ha podido realizar físicamente la operación, porque el corte debe hacerse siguiendo superficies especiales que no tienen plano tangente y que la técnica no puede realizar eficazmente. Pero la mayoría de los es­pecialistas entienden que esta inconcebible operación es teóricamente aceptable, en el sentido de que, si bien estas superficies no pertenecen al Universo manejable, los cálculos efectuados sobre ellas se manifiestan justos y eficaces en el Universo de la física nuclear. Los neu­trones se desplazan en las pilas según curvas que no tie­nen tangente.

Los trabajos de Banach y Tarski llegan a conclusio­nes que coinciden, de manera alucinante, con los po­deres que se atribuyen los iniciados hindúes de la técni­ca Samadhi: declaran que les es posible crecer hasta al­canzar el tamaño de la Vía Láctea o contraerse hasta la dimensión de la menor partícula concebible. Más próxi­mo a nosotros, Shakespeare pone en boca de Hamlet:

«¡Oh Dios, quisiera estar encerrado todo entero en una cascara de avellana y, sin embargo, irradiar en los espacios infinitos!»

Es posible, a nuestro entender, no impresionarnos ante la semejanza que existe entre estos lejanos ecos del pensamiento mágico y la lógica matemática moderna. En 1956, un antropólogo que participaba en un colo­quio de parapsicología, en Royaumont, declaró: «Los siddhis yóguicos son extraordinarios, puesto que entre ellos figura la facultad de hacerse tan pequeño como un átomo o tan grande como un sol entero o como un Uni­verso.» Entre las pretensiones extraordinarias, encon­traremos hechos positivos, que todas las presunciones nos inclinan a creer verdaderos, y hechos como éstos, que nos parecen increíbles y más allá de toda clase de lógica. Pero hemos de pensar que este antropólogo ig­noraba tanto el grito de Hamlet como las formas inespe­radas que acaba de adoptar la lógica pura y más mo­derna: la lógica matemática.

¿Cuál puede ser la significación profunda de estas correspondencias? Como siempre, en este libro nos li­mitaremos a formular hipótesis. La más novelesca y excitante, pero la menos «integrante» sería admitir que las técnicas Samadhi son reales, que el iniciado logra efectivamente hacerse tan pequeño como un átomo y tan grande como un sol, y que estas técnicas se derivan de conocimientos procedentes de antiguas civilizaciones que habrían dominado las matemáticas del transfinito. Para nosotros, en ello está una de las aspiraciones fun­damentales del espíritu humano, que encuentra su expresión tanto en el yoga Samadhi como en las matemá­ticas de vanguardia de Banach y Tarski.

Si los matemáticos revolucionarios tienen razón, si las paradojas del transfinito son fundadas, se abren ex­traordinarias perspectivas ante el espíritu humano. Se puede concebir que existan en el espacio puntos aleph, como el descrito en la novela de Borges. En estos dos puntos se encuentra representado todo el continuo espacio-tiempo, y el espectáculo se extiende desde el in­terior del núcleo atómico hasta la galaxia más lejana.

Todavía se puede ir más lejos: se puede imaginar que, a consecuencia de manejos que afectarían a un tiempo a la materia, a la energía y al espíritu, cualquier punto del espacio puede convertirse en un transfinito. Si tal hipótesis corresponde a una realidad fisicopsicoma-temática, tenemos la explicación de la Gran Obra de los alquimistas y del éxtasis supremo de ciertas religiones. La idea de un punto transfinito, desde el cual sería per­ceptible todo el Universo, es prodigiosamente abstracta. Pero no lo son menos las ecuaciones fundamentales de la relatividad, de las cuales se derivan, sin embargo, el cine hablado, la televisión y la bomba atómica. Por lo demás, el espíritu humano hace constantes progresos hacia ni­veles de abstracción cada vez más elevados. Paul Langevin hacía ya observar que el electricista del barrio manejaba perfectamente la noción, tan abstracta y tan delicada, de potencial, e incluso la había incorporado a su jerga; decía: «Hay jugo.»

Se puede incluso imaginar que, en un porvenir más o menos lejano, después de dominar estas matemáticas de lo transfinito, el espíritu humano logrará, ayudán­dose con ciertos instrumentos, construir alephs en el espacio, puntos transfinitos desde los cuales lo infinita­mente pequeño y lo infinitamente grande se le aparez­can en su totalidad y en su última verdad. Así habría llegado a su fin la búsqueda tradicional de lo Absoluto. Es tentador soñar que la experiencia lo ha logrado ya en parte. Hemos evocado, en la primera parte de esta obra, la manipulación alquimista en el curso de la cual el adepto oxida la superficie de su baño fundido de me­tales. Cuando se desgarra la película de óxido, se verá aparecer sobre un fondo opaco la imagen de nuestra ga­laxia con sus dos satélites, las nubes de Magallanes. ¿Leyenda o realidad? En todo caso, se trataría de la evocación de un primer «instrumento transfinito» esta­bleciendo contacto con el Universo por medios dis­tintos de los proporcionados por los instrumentos co­nocidos. Tal vez en forma parecida, los mayas, que ignoraban el telescopio, descubrieron Urano y Neptuno. Pero no nos perdamos en lo imaginario. Contenté­monos con apuntar esta aspiración fundamental del es­píritu, desdeñada por la psicología clásica, y con anotar también, a este respecto, los contactos entre antiguas tradiciones y una de las grandes corrientes matemáticas que imperan en la actualidad.

Veamos ahora lo que dice la novela de Borges: El Alepb.

«La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de hierro de la plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que e1 incesante y vasto Universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el Universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su me­moría, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz en los carnavales de 1921; la primera comu­nión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del "Club Hípico"; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el "pequinés» que le regaló Villegas Haedo; Bea­triz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

«Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinti­cinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torren­cial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri. »Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblio­teca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la co­piosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su activi­dad es continua, apasionada, versátil y del todo insigni­ficante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los Poetas de Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más insigni­ficante de tus saetas."

»E1 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo pro­bó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.

»—Lo evoco —dijo con una animación algo inex­plicable— en su gabinete de estudios, como si dijéra­mos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de te­léfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de flosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

«Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo xx había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.

»Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pompo­sas y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escri­bía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente CantoPrólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin reclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se ti­tulaba La Tierra; tratábase de una descripción del plane­ta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digre­sión y el gallardo apostrofe.

»Le rogué que me leyera un pasaje aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de bloc estampadas con el membrete de la "Bi­blioteca Juan Crisóstomo Lafinur" y leyó con sonora satisfacción:

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,

los trabajos, los días de varía luz, el hambre;

no corrijo los hechos, no falseo los nombres,

pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.

»—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Hornero a Hesíodo (todo un implícito homena­je, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poe­sía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero —¿barroquismo, decadentis­mo, culto depurado y fanático de la forma?— consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilin­güe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a La Odisea, la segunda a Los trabajos y los días, la tercera a la bagatela inmortal que nos deparan los ocios de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsa­mo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la pala­bra Goldoni!

»Otras muchas estrofas me leyó que también obtu­vieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas, ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura había colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la in­vención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema.1

1. Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira en que fus­tigó con rigor a los malos poetas:

Aqueste da a lpoema. belicosa armadura, de erudición; esotro le da pompas y galas. Ambos baten en vano las ridiculas alas... ¡Olvidaron, cuitados, el factor HERMOSURA! Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me dijo) de publicar sin miedo el poema.

»Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de exa­minar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton regis­tró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la his­toria militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectá­reas del Estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Obi, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e infor­mes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:

Spena. A manderecha del postre rutinario (viniendo, claro está, desde el Nornoroeste) se aburre una osamenta. —¿ Color? Blanquiceleste— que da al corral de ovejas catadura de osario.

»—¡Dos audacias —gritó con exaltación—-, resca­tadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo ad­mito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente de­nuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron ja­más a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico pro­saísmo, se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo he­mistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían dema­siado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.

»Hacia medianoche me despedí.

»Dos domingos después, Daneri me llamó por telé­fono, entiendo que por primera vez en la vida. Me pro­puso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el protago­nismo de Zunino y de Zungri —los propietarios de mi casa, recordarás— inaugura en la esquina: confitería que te importará conocer". Acepté, con más resigna­ción que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa: el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas ve­cinas, el excitado público mencionaba las sumas inver­tidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Ar­gentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

»—Mal de tu agrado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

»Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado prin­cipio, de ostentación verbal: donde antes escribió azu­lado, ahora abundaba en azulina, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lactinoso, lactescente, lechal... Denos­tó, con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefacción del Quijote, el Prín­cipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fus­te. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica: el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Car­los Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Alvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prolo­garía con embeleso el poema. Para evitar el más imper­donable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconclusos: la perfección formal y el ri­gor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siem­pre se había distraído con Alvaro.

»Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para ma­yor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Alvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jue­ves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía compro­bar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la fra­se.) Dije, entre adivinatorio y sagaz que, antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Alvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo expli­cable me permitiría nombrarla) había elaborado un poe­ma que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Alvaro. Pre­vi, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.

»A partir del viernes a primera hora, empezó a in­quietarme el teléfono. Me indignaba que ese instru­mento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argenti­no Dañen. Felizmente, nada ocurrió —salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

»El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de oc­tubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbució que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a de­moler su casa.

»—¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa in­veterada de la calle Garay! —repitió, quizás olvidando su pesar en la melodía.

»No me fue muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbo­lo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los de­nunciaría ipso facto por daños y perjuicios y los obliga­ría a abonar cien mil nacionales.

»El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Inte­rrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para con­fiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo de la casa había un aleph. Aclaró que un aleph es uno de los pun­tos del espacio que contienen todos los puntos.

»—Está en el sótano del comedor —explicó, alige­rada su dicción por la angustia—. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escale­ra del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi al aleph.

»—¿El aleph? —repetí.

»—Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, visto desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño' no podía comprender que le fuera deparado ese privile­gio para que el hombre burilara el poema! No me des­pojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi aleph.

»Traté de razonar:

»—Pero, ¿no es muy oscuro el sótano? —pregunté. »—La verdad no penetra en un entendimiento re­belde. Si todos los lugares de la Tierra están en el aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, to­dos los veneros de luz.

»—Iré a verlo inmediatamente. »Corté antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de actos confirmatorios, antes insospe­chados; me asombró no haber comprendido hasta ese niomento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repe­tirlo) era una mujer, una niña, de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distraccio­nes, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez recla­maban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

»En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el retrato de Beatriz, en torpes colores. En aquel momento no podía vernos nadie; en una desespe­ración de ternura me aproximé al retrato y le dije:

»—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz para siempre, soy yo, soy Borges.

«Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del aleph.

»—Una copita de seudocoñac —ordenó— y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmo­vilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono esca­lón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo. ¡Fácil em­presa! A los pocos minutos ves el aleph. ¡El microcos­mo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

»Ya en el comedor, agregó:

»—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás en­tablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

»Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustan­ciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, te­nía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángu­lo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en su sitio preciso.

»—La almohada es humildosa —explicó—, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

»Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una rendija que después distinguí, pudo parecerme to­tal. Súbitamente comprendí mi peligro: me había deja­do soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matar­me. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el aleph.

»Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; em­piezo, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lengua­je es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo tran­ce, prodigan los emblemas; para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se di­rige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna re­lación tienen con el aleph.) Quizá los dioses no me nega­rían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este in­forme quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enu­meración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos delei­tables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultá­neo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

»En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los ver­tiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cós­mico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del Univer­so. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muche­dumbres de América, vi una plateada telaraña en el cen­tro de una negra pirámide, vi un laberinto rojo (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándo­se en mí como en un espejo, vi todos los espejos del pla­neta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa de Fray Bentos, vi racimos, nieve, ta­baco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desier­tos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, ni la violenta ca­bellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un po­niente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa de Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un ga­binete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremoli­nada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delica­da osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Birzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos heléchos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la Tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosa­mente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el aleph, desde todos los puntos, vi en el aleph la tierra, y en la tierra otra vez el aleph y en el aleph la tierra, vi mi cara y mis visceras, vi tu cara, y sen­tí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese obje­to secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hom­bres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebi­ble Universo.

»Sentí infinita veneración, infinita lástima.

»—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman —dijo una voz aborrecida y jo­vial—. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che, Borges!

»Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En una brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucir:

»—Formidable. Sí, formidable.

»La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

»—¿Lo viste todo bien, en colores?

»En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y le insté a aprovechar la demolición de la casa para ale­jarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie, ¡créame, que a nadie!, perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.

»En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorpren­derme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de in­somnio, me trabajó otra vez el olvido.»

«Posdata del primero de marzo de 1934. A los seis me­ses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la "Editorial Procusto" no se dejó arredrar por la longi­tud del considerable poema y lanzó al mercado una se­lección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocu­rrido: Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura.1

1". «Recibí tu apenada congratulación», me escribió: «Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, pero confesarás —¡aunque te aho­gue!— que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de las plumas, mi turbante, con el más califa de los rubíes.»

El primero fue otorga­do al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incompren­sión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consi­go ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

»Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no pare­ce casual. Para la Cabala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad: también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la Tierra, para indicar que el mundo es el espejo y es el mapa del Superior; para la Mengenlebre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los tex­tos innumerables que el aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro aleph, yo creo que el aleph de la calle Garay era un falso aleph.

»Doy mis razones. Hacia el 1867, el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Enríquez Ureña descubrió en una bi­blioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba so­bre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el Universo entero. Burton mencio­na otros artificios congéneres —la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, 1,26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal del Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faeric Queene, III, 2,19)— y añade es­tas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de ópti­ca. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en El Cairo, saben muy bien que el Universo está en el in­terior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran perci­bir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo vih; las columnas proceden de otros tem­plos de religiones anteislámicas, pues como ha descrito Abenjaldún: "En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería."

»¿Existe ese aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; ya mismo es­toy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.»

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