1 LAS GUERRAS DEL HOMBRE


En la primavera de 1947, un muchachito que buscaba una oveja de su rebaño, perdida en los estériles acantilados que se elevan sobre el Mar Muerto, descubrió un cueva en la que encontró unas vasijas de barro en cuyo interior se hallaban ocultos unos manuscritos hebreos. Aquellos manuscritos, y otros que se descubrieron en la zona en los años siguientes, denominados colectivamente como los Manuscritos del Mar Muerto, habían permanecido ocultos durante casi dos mil años, cuidadosamente envueltos y escondidos durante los turbulentos años en que Judea tuvo que soportar el poderío del imperio romano.

¿Formarían parte de la biblioteca oficial de Jerusalén, que se sacó de la ciudad antes de que ésta y su templo cayeran en el año 70 d.C, o, como supone la mayoría de los expertos, sería la biblioteca de los esenios, una secta de ermitaños con preocupaciones mesiánicas? Las opiniones están divididas, pues la biblioteca poseía tanto textos bíblicos tradicionales como escritos que trataban de las costumbres, la organización y las creencias de la secta.

Uno de los manuscritos más largos y completos, y quizás el más dramático, trata de una guerra futura, una especie de Guerra Final. Titulado por los expertos como La Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, prevé la propagación de una guerra a partir de unas batallas que involucrarían a los vecinos inmediatos de Judea y que incrementarían su ferocidad y su alcance hasta lograr implicar a todo el mundo antiguo:

«El primer combate entre los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas, es decir, contra el ejercito de Belial, consistirá en un ataque sobre las tropas de Edom, Moab, los amonitas y la región filistea; luego sobre la de los kittim de Asiría; y sobre los violadores de la Alianza que les prestan ayuda...».

Y tras todas estas batallas, «avanzarán sobre los kittim de Egipto» y «a su debido tiempo... contra los reyes del norte».

El manuscrito profetiza que, en esta Guerra de los Hombres, el Dios de Israel tendrá un papel activo:

El día que caigan los kittim, habrá un poderoso combate y gran matanza en presencia del Dios de Israel;
Pues ése es el día que Él designó desde antaño para la batalla final contra los Hijos de las Tinieblas.

El profeta Ezequiel ya había profetizado la Última Batalla, «en los postreros días», que implicaría a Gog y Magog, y en la cual el mismo Señor «arrebatará el arco de tu mano izquierda, y hará que caigan las flechas de tu mano derecha». Pero el manuscrito del Mar Muerto va más allá, al anticipar la participación de muchos dioses en las batallas, entregados al combate hombro con hombro al lado de los mortales:

En aquel día, la Compañía del Divino y la Congregación de los Mortales se entregarán hombro con hombro al combate y la matanza.

Los Hijos de la Luz lucharán contra los Hijos de las Tinieblas con una demostración de poderío divino, en medio de un estrepitoso tumulto, en medio de los gritos de guerra de dioses y hombres.

Aunque cruzados, sarracenos e infinidad de ejércitos en épocas históricas han ido a combatir «en nombre de Dios», la creencia de que, en una guerra por venir, el mismísimo Dios se presentará en el campo de batalla, y que dioses y hombres lucharán hombro con hombro, suena tan fantasioso que, en el mejor de los casos, se tomaría en forma alegórica. Sin embargo, no resulta una idea tan extraordinaria como podría parecer, pues en la antigüedad se creía de hecho que las Guerras de los Hombres no sólo las decretaban los dioses, sino que también contaban con la participación activa de éstos.

Una de las guerras sobre las que más se ha fantaseado, cuando «el amor hizo que se botasen un millar de navios», fue la Guerra de Troya, entre los aqueos griegos y los troyanos. La declararon, quién no lo sabe, los griegos, para obligar a los troyanos a devolver a la hermosa Helena a su esposo legítimo. Sin embargo, en un relato épico griego, el Kypria, se daba a entender que esta guerra fue premeditada por el gran dios Zeus:

Hubo un tiempo en que miles y miles de hombres sobrecargaban el amplio seno de la Tierra. Y por compasión a ellos, Zeus, en su gran sabiduría, decidió aligerar la carga de la Tierra.

De modo que provocó la contienda de Ilion (Troya) a tal fin; para, a través de la muerte, provocar un vacío en la raza de los hombres.

Homero, el rapsoda griego que hizo el relato de los acontecimientos de esta guerra en La Ilíada, culpaba a los dioses por su capricho al instigar el conflicto y por haberlo vuelto y revuelto hasta hacerle alcanzar tan grandes proporciones. Al actuar de forma directa o indirecta, a veces de modo visible y a veces sin ser vistos, los distintos dioses empujaban a los actores principales de este drama humano a su capricho.

 

Y detrás de todo esto estaba Jove (Júpiter/ Zeus):

«Mientras los otros dioses y los guerreros en el campo dormían profundamente, Jove estaba bien despierto, pues estaba pensando cómo honrar a Aquiles y destruir a mucha gente en los barcos de los aqueos».

Aún antes de entablarse la batalla, el dios Apolo comenzó las hostilidades:

«Se sentó lejos de los barcos con el rostro tan oscuro como la noche, y su arco de plata llevaba la muerte cada vez que disparaba una flecha en medio de ellos [los aqueos]... Durante nueve días enteros disparó sus flechas entre la gente... Y a lo largo de todo el día estaban ardiendo las piras de los muertos».

Cuando ambos bandos acordaron posponer las hostilidades con el fin de que sus líderes pudieran decidir la cuestión en un combate singular mano a mano, los dioses, disgustados, le dijeron a Minerva:

«Métete entre las huestes de troyanos y aqueos, e ingéniatelas para que los troyanos sean los primeros en romper su juramento y caigan sobre los aqueos».

Entusiasmada con su misión, Minerva «cruzó el cielo como un meteoro brillante... con una cola ígnea de luz como estela».

Más tarde, para que la terrible guerra no se detuviera por la noche, Minerva convirtió la noche en día iluminando el campo de batalla:

«levantó el grueso velo de la oscuridad de sus ojos, y gran cantidad de luz cayó sobre ellos, tanto en el lado donde estaban los barcos como en donde rugía el combate; y los aqueos pudieron ver a Héctor y a todos sus hombres».

Mientras crecía la violencia en las batallas, arrojando en ocasiones a un héroe contra otro, los dioses no perdían de vista a otros guerreros destacados, abalanzándose para sacar de un aprieto a un héroe en apuros o para tener dispuesto un carro sin auriga. Pero cuando los dioses y las diosas se encontraban en bandos opuestos y empezaban a hacerse daño unos a otros, Zeus detenía el combate y les ordenaba que se mantuvieran aparte de la lucha de los mortales.

Aunque la tregua no duraba demasiado, pues muchos de los principales combatientes eran hijos de dioses o diosas (con parejas humanas). Marte se enfureció enormemente cuando su hijo Ascálafo resultó muerto al ser atravesado por un aqueo.

«No me culpéis, oh dioses que moráis en el cielo, si voy a los barcos de los aqueos y vengo la muerte de mi hijo», anunció Marte a los otros Inmortales, «aun cuando al final sea alcanzado por el rayo de Jove y yazga entre sangre y polvo en medio de los cadáveres».

Homero escribió:

«Mientras los dioses se mantenían a distancia de los guerreros mortales, los aqueos predominaban, pues Aquiles, que durante largo tiempo se había negado a pelear, estaba ahora con ellos».

Pero a la vista de la creciente ira de los dioses, y de la ayuda que los aqueos estaban teniendo ahora con el semidiós Aquiles, Jove cambió de opinión:

«Por mi parte, permaneceré aquí, sentado en el Monte Olimpo, y observaré tranquilamente. Pero vosotros meteos entre troyanos y aqueos, y que cada uno ayude a su bando según su disposición».

Así habló Jove, y dio la orden de combatir; por lo que los dioses tomaron sus distintos bandos y fueron a la batalla.

Durante mucho tiempo se creyó que la Guerra de Troya, e incluso la misma Troya, no eran más que algunas de las fascinantes pero increíbles leyendas griegas a las que los expertos, tolerantemente, habían dado en llamar mitología. Troya y los acontecimientos relacionados con ella se tenían aún por algo solamente mitológico cuando Charles McLaren sugirió, ya en 1822, que determinado montículo del oeste de Turquía llamado Hissarlik era el emplazamiento real de la Troya homérica.

 

Pero los expertos sólo empezaron a reconocer la existencia de Troya cuando un hombre de negocios llamado Heinrich Schliemann, arriesgando en la operación su propio dinero, alcanzó espectaculares descubrimientos al excavar el montículo en 1870. En la actualidad, se acepta ya que la Guerra de Troya fue una realidad que tuvo lugar en el siglo XIII a.C. Fue entonces, según las fuentes griegas, cuando dioses y hombres lucharon hombro con hombro; y estas creencias no las sostenían sólo los griegos.

En aquellos tiempos, aunque el extremo de Asia Menor que da a Europa y al Mar Egeo estaba salpicado de lo que, en esencia, eran asentamientos griegos, la mayor parte de Asia Menor estaba dominada por los hititas. Conocidos al principio por los eruditos modernos sólo por algunas referencias bíblicas y, posteriormente, por las inscripciones egipcias, los hititas y su reino -Hatti- tomaron vida también cuando los arqueólogos comenzaron a descubrir sus antiguas ciudades.

Cuando se descifró la escritura hitita y su lengua indoeuropea, fue cuando se pudieron rastrear sus orígenes hasta el segundo milenio a.C, cuando las tribus arias originarias de la región del Cáucaso emigraron en dos direcciones; unas hacia el sudeste, hacia la India, y otras hacia el sudoeste, en dirección a Asia Menor. El reino hitita floreció hacia el 1750 a.C, e inició su declive quinientos años más tarde, cuando los hititas se vieron acosados por las incursiones que cruzaban el Egeo. Los hititas hablaban de estos invasores como del pueblo de Achiyawa, y muchos expertos creen que era el mismo pueblo al que Homero llamó Achioi -los aqueos, cuyo ataque sobre el extremo occidental de Asia Menor inmortalizó en La Ilíada.

Durante los siglos anteriores a la Guerra de Troya, los hititas extendieron sus dominios hasta alcanzar proporciones imperiales, sosteniendo que lo habían hecho por mandato de su dios supremo TESHUB («El de las tormentas»). Su antiguo título era «Dios de la Tormenta Cuya Fuerza Causa Muertes», y los reyes hititas sostenían que, en ocasiones, el mismo dios echaba una mano en la batalla:

«El poderoso dios de la tormenta, mi Señor», [escribió el rey Murshilis], «mostró su divino poder y lanzó un rayo» al enemigo, propiciando su derrota.

Ayudando también a los hititas en la batalla estaba la diosa ISHTAR, cuyo epíteto era «Dama del campo de batalla». Y muchos atribuían la victoria a su «Divino Poder», dado que ella misma «bajaba [de los cielos] para aplastar a los países hostiles».

La influencia de los hititas se extendió por el sur hasta Canaán, tal como indican muchas referencias en el Antiguo Testamento, pero no llegaron allí como conquistadores, sino como colonos. Trataron a Canaán como zona neutral, sin establecer ninguna pretensión sobre ella, a diferencia de la actitud mantenida por los egipcios. Una y otra vez, los faraones intentaron extender sus dominios por el norte hasta Canaán y la Tierra de los Cedros (Líbano), y lo consiguieron hacia el 1470 a.C, cuando derrotaron a una coalición de reyes cananeos en Megiddo.

El Antiguo Testamento, así como las inscripciones dejadas por los enemigos de los hititas, los representa como guerreros expertos que perfeccionaron el uso del carro en el Oriente Próximo de la antigüedad. Pero las propias inscripciones de los hititas sugieren que éstos iban a la guerra sólo cuando los dioses daban la orden, que al enemigo se le daba la ocasión de rendirse pacíficamente antes del inicio de las hostilidades, y que, una vez ganada la guerra, los hititas se daban por satisfechos con los tributos y la toma de cautivos: las ciudades no eran saqueadas y la población no era masacrada.

Pero Tutmosis III, el faraón que venció en la batalla de Megiddo, tuvo el orgullo de decir en sus inscripciones:

«Después, su majestad fue al norte, saqueando ciudades y asolando poblaciones».

Acerca de un rey vencido, el faraón escribió:

«Asolé sus ciudades, incendié sus poblaciones, e hice montículos de ellas; nunca podrán volver a asentarse allí. Capturé a todas sus gentes. Hice prisioneros; me llevé sus ingentes ganados, así como sus bienes. Le quité todos los recursos vitales; segué sus cereales y talé todas sus arboledas y sus hermosos árboles. Lo destruí por completo».

Y todo esto lo hizo, según escribió el faraón, con la aprobación de AMÓN-RA, su dios.

El carácter despiadado del arte militar egipcio y la deplorable destructividad que mostraban ante el enemigo vencido se reflejaron en sus jactanciosas inscripciones. El faraón Pepi I, por ejemplo, conmemoró su victoria sobre los «moradores de las arenas» asiáticos en un poema que ensalzaba al ejército que,

«acuchilló la tierra de los moradores de las arenas... cortó sus higueras y sus vides... prendió fuego a sus moradas, mató a sus gentes por decenas de miles».

Las inscripciones conmemorativas iban acompañadas por vividas representaciones de las escenas de la batalla (Fig. 1).

Figura 1
 

Adhiriéndose a tan gratuita costumbre, el faraón Pi-Ankhy, que envió tropas desde el Alto Egipto para sojuzgar al rebelde Bajo Egipto, se enfureció ante la sugerencia de sus generales de que se liberara a los adversarios que habían sobrevivido a la batalla. Jurando «destrucción para siempre», el faraón anunció que iría a la ciudad capturada «para convertir en ruinas todo lo que hubiese quedado». Por esto, afirmó, «me elogia mi padre Amón».

El dios Amón, a cuyas órdenes de batalla atribuían los egipcios su crueldad, encontró la horma de su zapato en el Dios de Israel. Según el profeta Jeremías,

«Así dice el Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel: 'Castigaré a Amón, dios de Tebas, y a aquéllos que confían en él, y le daré el merecido castigo a Egipto y a sus dioses, a su faraón y a sus reyes'».

Y por la Biblia sabemos que ésta era una confrontación en curso; casi mil años antes, en los días del Éxodo, Yahveh, el Dios de Israel, había golpeado a Egipto con una serie de aflicciones que no sólo buscaban suavizar el corazón de su soberano, sino que también pretendían ser un «castigo contra todos los dioses de Egipto».

La milagrosa liberación de los israelitas del cautiverio de Egipto en dirección a la Tierra Prometida se atribuye en el relato bíblico del Éxodo a la intervención directa de Yahveh en aquellos trascendentales acontecimientos:

Y viajaron desde Sukot
y acamparon en Etham, al borde del desierto.


Y Yahveh iba delante de ellos,
de día en un pilar de nube para dirigirles el camino,
y de noche en un pilar de fuego para darles luz.

Después sobrevino una batalla naval de la cual el faraón prefirió no dejar inscripciones; sabemos de ella por el Libro del Éxodo:

Y el corazón del faraón y de sus sirvientes
se tornó con respecto al pueblo...


Y los egipcios salieron en su persecución, y los sorprendieron acampados junto al mar...
Y Yahveh hizo retroceder al mar con un fuerte viento del este
toda aquella noche, y secó las aguas;
y las aguas se separaron.


Y los Hijos de Israel cruzaron por mitad del mar,
sobre tierra seca...

Al romper el día, cuando los egipcios se dieron cuenta de lo que había ocurrido, el faraón dio la orden de que los carros siguieran a los israelitas. Pero:

Y sucedió que, en la vigilia matutina,
Yahveh contempló el campamento de los egipcios desde el pilar de fuego y nube;
y sembró la confusión en el campamento egipcio y aflojó las ruedas de sus carros, haciendo dificultosa su conducción.


Y los egipcios dijeron: «Huyamos de los israelitas, pues Yahveh lucha por ellos contra Egipto».

Pero el soberano egipcio, en su persecución a los israelitas, ordenó a sus carros que prosiguieran con el ataque. El resultado fue calamitoso para los egipcios:

Y las aguas volvieron,
y cubrieron a carros y jinetes
y a todo el ejército del faraón que les seguía;
no quedó ni uno de ellos...


E Israel contempló el gran poder
que Yahveh había mostrado sobre los egipcios.

El lenguaje bíblico es casi idéntico al utilizado por un faraón posterior, Ramsés II, para describir la milagrosa aparición de Amón-Ra junto a él en una batalla decisiva sostenida contra los hititas en el 1286 a.C.

En la batalla, que tuvo lugar en la fortaleza de Kadesh, en el Líbano, se enfrentaron cuatro divisiones del faraón Ramsés II contra las fuerzas movilizadas por el rey hitita Muwatallis desde todas las partes de su imperio. Concluyó con la retirada de los egipcios, cortando en seco la embestida de éstos por el norte hacia Siria y Mesopotamia. También agotó los recursos hititas, debilitándoles y dejándoles al descubierto.

La victoria de los hititas pudo haber sido más decisiva, pues a punto estuvieron de capturar al mismo faraón. Sólo se han encontrado partes de inscripciones hititas que tratan de esta batalla; pero Ramsés, a su regreso a Egipto, vio conveniente describir con detalle su milagroso escape.

Fig.2
 

En las inscripciones de las paredes del templo, que están acompañadas por detalladas ilustraciones (Fig. 2), Ramsés cuenta que los ejércitos egipcios llegaron a Kadesh y acamparon al sur, preparándose para la batalla. Pero, sorprendentemente, los enemigos hititas no se lanzaron al combate. Entonces, Ramsés ordenó a dos de sus divisiones que avanzaran hacia la fortaleza. Fue entonces cuando aparecieron de la nada los carros hititas, atacando por detrás a las divisiones que avanzaban, y provocando el caos en los campamentos de las otras dos divisiones.

Cuando, presas del pánico, las tropas egipcias se pusieron en fuga, Ramsés se dio cuenta de pronto de que «Su Majestad estaba totalmente solo con su guardia personal»; y «cuando el rey miró detrás de sí, vio que estaba bloqueado por 2.500 carros» -no de los suyos, sino de los hititas.

 

Abandonado por sus oficiales, aurigas e infantería, Ramsés se volvió a su dios, recordándole que se encontraba en aquel aprieto por haber seguido sus órdenes:

Y Su Majestad dijo:


«¿Y ahora qué, Padre mío Amón?
¿Acaso un padre va a olvidar a su hijo?
¿Acaso he hecho algo sin ti?
Todo lo que hice o dejé de hacer,
¿no fue de acuerdo con tus mandatos?»

Al recordar al dios egipcio que el enemigo se debía a otros dioses, Ramsés siguió preguntando:

«¿Qué son estos asiáticos para ti, Oh Amón; estos desgraciados que no saben nada de ti, Oh Dios?».

Y mientras Ramsés seguía implorando a su dios Amón para que le salvara, pues los poderes del dios eran mayores que los de «millones de soldados de a pie, de cientos de miles de aurigas», sucedió el milagro: ¡el dios apareció en el campo de batalla!

Amón me escuchó cuando le llamé. Extendió su mano sobre mí y me regocijé. Se puso detrás de mí y gritó: «¡Adelante! ¡Adelante! ¡Ramsés, amado de Amón, estoy contigo!».

Y, siguiendo el mandato de su dios, Ramsés rompió entre las tropas enemigas. Bajo la influencia del dios, los hititas se debilitaron inexplicablemente: «bajaban los brazos, eran incapaces de disparar sus flechas ni de levantar sus lanzas».

 

Y se decían unos a otros:

«No es un mortal el que está entre nosotros: es un poderoso dios; sus hazañas no son las hazañas de un hombre; un dios está entre sus miembros».

Así, sin oposición, matando enemigos a diestra y siniestra, Ramsés se las compuso para escapar.

Tras la muerte de Muwatallis, Egipto y el reino hitita firmaron un tratado de paz, y el faraón reinante tomó a una princesa hitita para que fuera la esposa principal. Era necesaria la paz, porque tanto los hititas como los egipcios sufrían cada vez más los ataques de los «Pueblos del Mar» -invasores de Creta y de otras islas griegas.

 

Éstos se habían afianzado en las costas mediterráneas de Canaán hasta convertirse en los filisteos bíblicos, pero sus ataques sobre el mismo Egipto fueron rechazados por el faraón Ramsés III, que conmemoró las escenas de la batalla en las paredes del templo (Fig. 3). Éste atribuyó sus victorias a su estricta adhesión a «los planes del Todo Señorío, mi augusto y divino padre, el Señor de los Dioses».

 

Era a este dios, Amón-Ra, a quien había que atribuir las victorias: pues era «Amón-Ra el que iba detrás de él, destruyéndolos».

Fig. 3
 

El sangriento sendero del hombre en sus guerras contra sus semejantes en nombre de los dioses nos lleva ahora de vuelta a Mesopotamia, la Tierra Entre los Ríos (Eufrates y Tigris), el bíblico País de Senaar. Allí aparecieron las primeras ciudades, tal como se cuenta en Génesis 11, con construcciones de ladrillo y torres que alcanzaban los cielos. Fue allí donde tuvieron sus comienzos los registros históricos, y fue allí donde comenzó la prehistoria, con los asentamientos de los Dioses de Antaño.

Es un relato muy antiguo que pronto expondremos. Pero, mientras tanto, vamos a remontarnos unos mil años antes de los dramáticos tiempos de Ramsés II en Egipto. Por entonces, en la lejana Mesopotamia, un joven ambicioso tomaba el poder. Se le llamó Sharru-Kin, el «Gobernante Justo», pero nuestros libros de texto le llaman Sargón I. Construyó una nueva capital, a la que llamó Agadé, y estableció el reino de Acad. La lengua acadia, escrita en forma de cuña (cuneiforme), fue la lengua madre de todas las lenguas semitas, de las cuales todavía están en uso el hebreo y el árabe.

Sargón, que gobernó durante la mayor parte del siglo XXIV a.C, atribuyó su largo reinado (54 años) al estatus especial que le concedieran los Grandes Dioses, que le hicieron «Supervisor de Ishtar, Sacerdote Ungido de ANU, Gran Pastor Justo de ENLIL». Según escribió Sargón, fue Enlil «el que impidió que nadie se opusiera a Sargón» y el que le dio a éste «la región que va desde el Mar Superior hasta el Mar Inferior» (desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico).

 

Por tanto, Sargón llevaba hasta «las puertas de la Casa de Enlil» a los reyes cautivos, atados con cuerdas a los collares de perro que les ponían alrededor del cuello.

En una de sus campañas por los montes Zagros, Sargón vivenció las mismas hazañas divinas que los combatientes de Troya habían presenciado. Cuando,

«estaba entrando en el país de Warahshi... intentando proseguir su avance en la oscuridad... Ishtar hizo que la luz brillara sobre él».

Así pudo Sargón «atravesar las tinieblas» de la oscuridad mientras dirigía a sus tropas a través de los pasos montañosos del actual Luristán.

La dinastía acadia que comenzara Sargón alcanzó su culminación bajo su nieto Naram-Sin («Aquél al que ama el dios Sin»). Según consta en sus monumentos, las conquistas de Naram-Sin se debieron a que su dios le había concedido un arma única, el «Arma del Dios», y también a que los otros dioses le habían dado su consentimiento explícito -o incluso le habían invitado- a entrar en sus regiones.

La principal incursión de Naram-Sin fue en dirección noroeste, y entre sus conquistas estuvo la de la ciudad estado de Ebla, cuyo archivo de tablillas de arcilla, recientemente descubierto, ha provocado un enorme interés científico:

«Aunque desde los tiempos de la separación de la humanidad ningún rey había llegado a destruir Arman e Ibla, el dios Nergal abrió el sendero para el poderoso Naram-Sin, y le dio Arman e Ibla. También le dio como regalo desde Amanus, la Montaña de los Cedros, hasta el Mar Superior».

Del mismo modo que Naram-Sin podía atribuir sus victoriosas campañas al hecho de haber tenido en cuenta las órdenes de sus dioses, su caída se atribuyó también al hecho de haber ido a guerrear contra el mundo de los dioses. Los expertos han recompuesto, con fragmentos de diferentes versiones, un texto que ha recibido el título de La Leyenda de Naram-Sin.

 

Hablando en primera persona, Naram-Sin explica en este relato de aflicciones que sus problemas comenzaron cuando la diosa Ishtar «cambió sus planes» y los dioses les dieron su bendición a los «siete reyes, hermanos, gloriosos y nobles; sus tropas ascendían a 360.000».

 

Llegando de lo que ahora es Irán, invadieron las tierras montañosas de Gutium y Elam al este de Mesopotamia, y llegaron a amenazar a la misma Acad. Naram-Sin les preguntó a los dioses qué debía hacer, y le dijeron que dejara a un lado las armas y que, en vez de ir a combatir, se fuera a dormir con su mujer (pero, por algún motivo profundo, que evitara hacer el amor):

Los dioses le respondieron:

«Oh Naram-Sin, éstas son nuestras órdenes:
Este ejército que va contra ti...
¡Ata las armas, y ponlas en un rincón!
¡Reprime tu audacia, quédate en casa!
Junto con tu esposa, ve a dormir al lecho,
pero con ella no debes...
No debes salir del país, ni ir hasta el enemigo».

Pero Naram-Sin, diciendo que iba a confiar en sus propias armas, decidió atacar al enemigo a despecho del consejo de los dioses. «Con la llegada del primer año, envié a 120.000 hombres, pero ninguno volvió vivo», confesó Naram-Sin en su inscripción. Gran cantidad de tropas fueron aniquiladas durante el segundo y el tercer años, y Acad comenzó a sucumbir ante la muerte y el hambre.

 

En el cuarto aniversario de aquella guerra no autorizada, Naram-Sin apeló al gran dios Ea para que desautorizara a Ishtar y expusiera su caso ante el resto de los dioses. Éstos le aconsejaron que desistiera en su lucha, y le prometieron que «en los días por venir, Enlil traerá la perdición sobre los Hijos del Mal», y Acad tendrá un respiro.

La prometida era de paz duró alrededor de tres siglos, durante los cuales Sumer, la parte más antigua de Mesopotamia, reemergió como centro de la realeza; y los centros urbanos más antiguos del mundo antiguo -Ur, Nippur, Lagash, Isin, Larsa- florecieron de nuevo. Sumer fue, bajo los reyes de Ur, el centro de un imperio que abarcaba la totalidad del Oriente Próximo de la antigüedad.

 

Pero a finales del tercer milenio a.C, el país se convirtió en el campo de batalla de lealtades encontradas y de ejércitos oponentes; y, entonces, aquella gran civilización -la primera civilización conocida del hombre-sucumbió a una catástrofe de proporciones sin precedentes.

Fue un acontecimiento fatídico que, así lo creemos, fue recogido en los relatos bíblicos. Fue un acontecimiento cuyo recuerdo pervivió por mucho tiempo, siendo conmemorado y llorado en numerosos poemas, que dan una descripción gráfica del caos y la desolación que cayeron sobre el centro de aquella antigua civilización. Fue, según afirman los textos mesopotámicos, una catástrofe que cayó sobre Sumer como resultado de una decisión de los grandes dioses reunidos en consejo.

Llevó casi un siglo repoblar el sur de Mesopotamia, y otro siglo más hasta reponerse por completo de la aniquilación divina. Para entonces, el centro del poder mesopotámico se había desplazado hacia el norte, a Babilonia. Allí surgiría un nuevo imperio, que se proclamaría a un ambicioso dios, MARDUK, como deidad suprema.

Hacia 1800 a.C, Hammurabi, rey que se hiciera famoso por su código legal, ascendió al trono de Babilonia y empezó a extender sus fronteras. Según sus inscripciones, los dioses no sólo le decían si debía y cuándo debía lanzar sus campañas militares, sino que, además, dirigían literalmente sus ejércitos:

Mediante el poder de los grandes dioses el rey,
amado del dios Marduk,
restableció los cimientos de Sumer y Acad.


Por mandato de Anu, y
con Enlil al frente de su ejército,
con los portentosos poderes que los grandes dioses le habían dado,
no encontró rival en el ejército de Emutbal
y su rey Rim-Sin...

Para superar a sus enemigos, el dios Marduk le concedió a Hammurabi una «poderosa arma» llamada el «Gran Poder de Marduk»:

Con la Poderosa Arma
con la cual Marduk proclamaba sus victorias,
el héroe [Hammurabi] venció en la batalla
a los ejércitos de Eshnuna, Subartu y Gutium...


Con el «Gran Poder de Marduk»
venció a los ejércitos de Sutium, Turukku, Kamu...


Con el Portentoso Poder que Anu y Enlil le habían dado
derrotó a todos sus enemigos
hasta el país de Subartu.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que Babilonia tuviera que compartir su poder con un nuevo rival en el norte: Asiria, donde no se proclamó a Marduk como dios supremo, sino al dios barbado ASSUR («El Que Todo lo Ve»). Mientras Babilonia se metía con los países del sur y del este, los asirios extendieron sus dominios hacia el norte y hacia el oeste, hasta «el país del Líbano, a orillas del Gran Mar».

 

Eran países que estaban en los dominios de los dioses NINURTA y ADAD, y los reyes asirios tomaban buena cuenta de lanzar sus campañas por mandato explícito de estos grandes dioses. Así, Tiglat-Pileser I conmemoró sus guerras, en el siglo XII a.C, con las siguientes palabras:

Tiglat-Pileser, el rey legítimo, rey del mundo, rey de Asiria, rey de las cuatro regiones de la tierra; El valeroso héroe, guiado por los mandatos dignos de confianza de Assur y Ninurta,
los grandes dioses, sus señores, venciendo así a sus enemigos...

 

Por orden de mi señor Assur, conquisté por mi mano desde más allá del bajo río Zab hasta el Mar Superior, que está en el oeste. Tres veces marché contra los países Nairi... Hice que 30 reyes de los países Nairi se postraran a mis pies. Tomé rehenes de ellos, y recibí como tributo suyo caballos dóciles al yugo...

Por mandato de Anu y Adad, los grandes dioses, mis señores, fui a las montañas del Líbano, y corté vigas de cedro para los templos de Anu y Adad.

Al asumir el título de «rey del mundo, rey de las cuatro regiones de la Tierra», los reyes asirios desafiaban directamente a Babilonia, pues ésta dominaba la antigua región de Sumer y de Acad. Para legitimizar su afirmación, los reyes asirios tenían que tomar el control de aquellas antiguas ciudades donde los Grandes Dioses tuvieron sus hogares en los días de antaño; pero el camino hasta esas ciudades estaba bloqueado por Babilonia.

 

La hazaña la logró Salmanasar III en el siglo IX a.C, que dijo en sus inscripciones:

Marché contra Acad para vengar... e infligir la derrota... entré en Kutha, Babilonia y Borsippa.


Ofrecí sacrificios a los dioses de las ciudades sagradas de Acad. Continué río abajo hasta Caldea, y recibí tributo de todos los reyes de Caldea...


En aquel tiempo, Assur, el gran señor... me dio el cetro, el báculo... todo lo que hacía falta para gobernar al pueblo.


Yo sólo actuaba bajo los mandatos dignos de crédito que me daba Assur, el gran señor, mi señor, que me ama.

En el relato de sus distintas campañas, Salmanasar afirmaba que alcanzó sus victorias gracias a las armas que le proporcionaban los dioses:

«Combatí con la Fuerza Poderosa que Assur, mi señor, me había dado; y con las potentes armas que Nergal, mi guía, me había regalado».

Se dice que el arma de Assur tenía un «fulgor aterrador». En una guerra con Adini, el enemigo huyó al ver «el aterrador Fulgor de Assur; esto les sobrecogió».

Tras varios intentos, Babilonia fue saqueada al fin por el rey asirio Senaquerib en el 689 a.C. Pero esto sólo pudo ocurrir porque su propio dios, Marduk, se enfureció con su rey y con su pueblo, decretando que «setenta años será la medida de su desolación» -exactamente lo mismo que decretara posteriormente el Dios de Israel para Jerusalén. Al someter la totalidad de Mesopotamia, Senaquerib pudo asumir al fin el ansiado título de «Rey de Sumer y Acad».

En sus inscripciones, Senaquerib relató también sus campañas militares a lo largo de la costa del Mediterráneo, que le llevaron a combatir con los egipcios a las puertas de la península del Sinaí. La lista de ciudades conquistadas parece un capítulo del Antiguo Testamento -Sidón, Tiro, Biblos, Akko, Ashdod, Ascalón- «ciudades fortificadas» que Senaquerib «aplastó» con la ayuda de «el sobrecogedor Fulgor, el arma de Assur, mi señor».

 

Los relieves que ilustran sus campañas (como el que representa el asedio de Lakish, Fig. 4) muestran a los atacantes utilizando proyectiles con forma de cohete contra sus enemigos. En las ciudades conquistadas, Senaquerib mató,

«a sus delegados y patricios... y colgué sus cuerpos en postes que dispuse alrededor de la ciudad; a los ciudadanos normales los consideré prisioneros de guerra».

En cierto objeto, conocido como el Prisma de Senaquerib, se ha conservado una inscripción histórica en la cual éste hace mención del sometimiento de Judá y de su ataque a Jerusalén. La disputa que Senaquerib tuvo con su rey, Ezequías, fue debida al hecho de que éste tenía prisionero a Padi, rey de la ciudad filistea de Ecrón, «que era leal por su solemne juramento al dios Assur».

Senaquerib escribió:

«Al igual que hice con Ezequías de Judá, que no se sometió a mi yugo, puse sitio a 46 de sus ciudades fortificadas y fuertes amurallados, así como a incontables poblaciones de los alrededores... Al mismo Ezequías hice prisionero en Jerusalén, su residencia real; como a un pájaro en una jaula lo rodeé de terraplenes... Las ciudades que había saqueado las separé de su país y se las entregué a Mitini, rey de Ashdod; Padi, rey de Ecrón; y Silibel, rey de Gaza. Reduciendo así su reino».

El sitio de Jerusalén ofrece varios detalles significativos. No hubo un motivo directo, sino indirecto: que estuviera retenido allí contra su voluntad el leal rey de Ecrón. El «sobrecogedor Fulgor, el arma de Assur», que empleó para «aplastar las ciudades fortificadas» de Fenicia y Filistea, no se utilizó contra Jerusalén.

 

Y el habitual final de las inscripciones -«Luché con ellos y les infligí la derrota»- no aparece en el caso de Jerusalén; Senaquerib se limitó a reducir el tamaño de Judea, entregando las regiones periféricas a los reyes vecinos.

Fig. 4
 

Además, la habitual afirmación de que un país o una ciudad fueron atacados siguiendo las «órdenes dignas de crédito» del dios Assur también están ausentes en el caso de Jerusalén; y uno se pregunta si esto querrá decir que el ataque a la ciudad fue un ataque no autorizado, un capricho de Senaquerib, que no un deseo de su dios.

Esta intrigante posibilidad se convierte en una convincente probabilidad cuando leemos la otra parte de la historia, la que nos llega a través del Antiguo Testamento.

Mientras Senaquerib pasaba por alto su fracaso en conquistar Jerusalén, el relato que aparece en el segundo libro de Reyes, capítulos 18 y 19, nos ofrece la historia al completo. Por la crónica bíblica nos enteramos de que,

«en el decimocuarto año del rey Ezequías, Senaquerib, rey de Asiria, cayó sobre todas las ciudades amuralladas de Judá y las conquistó».

Entonces, envió a dos de sus generales con un gran ejército hacia Jerusalén, la capital. Pero, en vez de asaltar la ciudad, el general asirio Rab-Shakeh entabló un intercambio verbal con los dirigentes de la ciudad, una conversación que insistió en mantener en hebreo, para que toda la población pudiera entenderles.

¿Qué es lo que tenía que decir que el populacho tuviera que saber? El texto bíblico lo deja claro: ¡las conversaciones tenían que ver con la cuestión de si la invasión asiria de Judea estaba autorizada por el Señor Yahveh o no!

«Y Rab-Shakeh les dijo: Decidle a Ezequías: Así dice el gran rey, el rey de Asiria: ¿Qué confianza es ésa en la que te fías?».

Si me decís:
«Nosotros confiamos en Yahveh, nuestro Dios»...
Entonces,
¿es que he venido contra este lugar para destruirlo
sin Yahveh?
Yahveh me dijo:
«¡Sube contra esa tierra y destruyela!».

Cuanto más rogaban los ministros del rey Ezequías, de pie ante las murallas de la ciudad, que Rab-Shakeh dejara de decir esas falsedades en hebreo, y que las expresara en arameo, que por entonces era el idioma de la diplomacia, más se acercaba Rab-Shakeh a las murallas para gritar sus palabras en hebreo, con el fin de que todos pudieran oírlo. No tardó en emplear un lenguaje más duro con los emisarios de Ezequías, para acabar degradando al mismo rey. Y al final, exaltado por su propia oratoria, Rab-Shakeh abandonó el reclamo de tener el permiso de Yahveh para atacar Jerusalén y se puso a subestimar al mismísimo Dios.

Cuando a Ezequías se le relató la blasfemia,

«desgarró sus vestidos y se cubrió de sayal, y se fue a la Casa de Yahveh... Y envió recado al profeta Isaías, diciendo: 'Éste es un día de angustia, reprobación y blasfemia... Que Yahveh, tu Señor, escuché todo lo que ha dicho Rab-Shakeh, al cual su señor, el rey de Asiria, ha enviado para menospreciar al Dios Vivo'. Y el Señor Yahveh respondió a través del profeta Isaías: 'En lo relativo al rey de Asiria... por donde vino, volverá; y en esta ciudad no entrará... pues yo la defenderé para salvarla».

Y sucedió aquella noche,
que el ángel de Yahveh
salió e hirió en el campamento de los asirios
a ciento ochenta y cinco mil hombres;
y, he aquí, que al amanecer no había más que cadáveres.
Y así, Senaquerib, el rey de Asiria, partió, y regresando se quedó en Nínive.

Según el Antiguo Testamento, después de que Senaquerib volviera a Nínive,

«sucedió que, mientras estaba postrado en el templo de su dios Nisrok, Adrammélek y Saréser, sus hijos, le mataron a espada, y escaparon al país de Ararat. Y Asaradón, su hijo, reinó en su lugar».

Las crónicas asirías confirman el aserto bíblico. Ciertamente, Senaquerib fue asesinado, y su hijo pequeño Asaradón subió al trono después que él.

En una inscripción de Asaradón conocida como el Prisma B, se describen los acontecimientos con mayor detalle. Por mandato de los grandes dioses, Senaquerib había proclamado públicamente a su hijo pequeño como sucesor.

«Él convocó al pueblo de Asiria, jóvenes y viejos, e hizo que mis hermanos, los descendientes varones de mi padre, prestaran juramento solemne en presencia de los dioses de Asiria... con el fin de asegurar mi sucesión». Más tarde, los hermanos romperían su juramento al matar a Senaquerib e intentar matar a Asaradón, pero los dioses lo alejaron de ellos «y me llevaron a un lugar oculto... preservándome para la realeza».

Después de un período de confusión, Asaradón recibió «un mandato digno de crédito de los dioses: '¡Ve, no te demores! ¡Marcharemos contigo!'».

La deidad que fue delegada para acompañar a Asaradón fue Ishtar. Cuando las fuerzas de sus hermanos salieron de Nínive para repeler su ataque a la capital,

«Ishtar, la Dama de la Batalla, que deseaba que fuera su sumo sacerdote, permaneció a mi lado. Ella rompió los arcos de ellos, y dispersó su orden de batalla».

Una vez desorganizadas las tropas ninivitas, Ishtar se dirigió a ellos en nombre de Asaradón.

«Ante su egregia orden, se pasaron en masa a mi bando y se reagruparon detrás de mí,» escribió Asaradón, «y me reconocieron como su rey».

Tanto Asaradón como su hijo y sucesor Assurbanipal intentaron invadir Egipto, y ambos emplearon Armas de Fulgor en las batallas.

«El aterrador Fulgor de Assur», escribió Assurbanipal, «cegó al faraón de manera que se volvió loco».

Otras inscripciones de Assurbanipal sugieren que su arma, que emitía un intenso y cegador resplandor, la llevaban los dioses como parte de su tocado. En una ocasión, un enemigo «quedó ciego por el resplandor de la cabeza del dios». En otra, «Ishtar, que mora en Arbela, vestida con Fuego Divino y luciendo el Tocado Radiante, hizo llover llamas sobre Arabia».

También existen referencias en el Antiguo Testamento a esta Arma del Fulgor que podía cegar. Cuando los Ángeles (literalmente, emisarios) del Señor llegaron a Sodoma antes de su destrucción, el populacho intentó echar abajo la puerta de la casa en la que se hospedaban. Y los Ángeles «cegaron a los que estaban en la entrada de la casa... y no podían encontrar la puerta».

Cuando Asiria alcanzó la supremacía, habiendo extendido sus dominios incluso hasta el Bajo Egipto, sus reyes, en palabras del Señor al profeta Isaías, olvidaron que no eran más que un instrumento del Señor:

«¡Oh Asiría, el azote de mi ira! Mi cólera es la vara en sus manos; contra las naciones impías los envío; y les hago cargar sobre todo aquel pueblo que me enoja».

Pero los reyes asirios iban más allá del mero castigo; «más bien está en su corazón aniquilar y borrar no pocas naciones». Y esto iba más allá de lo que pretendía Dios; por tanto, el Señor Yahveh anunció:

«Pediré cuentas al rey de Asiría, pediré cuentas de los frutos de la creciente soberbia de su corazón».

Las profecías bíblicas que predecían la caída de Asiría se hicieron realidad cuando los rebeldes babilonios del sur reunieron a los invasores del norte y del este para hacer caer Assur, la capital religiosa, en el 614 a.C, y Nínive, la capital real, que fue conquistada y saqueada dos años más tarde. Y la gran Asiría desapareció.

Los reyes vasallos de Egipto y Babilonia tomaron la desintegración del imperio asirio como una oportunidad para intentar restaurar sus propias hegemonías. Los países que había entre ellos se convirtieron, una vez más, en el ansiado premio, y los egipcios, bajo el faraón Nekó, fueron más rápidos en la invasión de estos territorios.

En Babilonia, Nabucodonosor II -tal como se informa en sus inscripciones- recibió la orden del dios Marduk para que marchara con su ejército hacia el oeste. La expedición se hizo posible gracias a que «otro dios», el que tenía la soberanía original de la región, ya «no deseaba el país de los cedros», y ahora «un enemigo extranjero lo dominaba y lo esquilmaba».

En Jerusalén, los mandatos del Señor Yahveh a través de su profeta Jeremías estaban del lado de Babilonia, pues el Señor Yahveh -que llamaba a Nabucodonosor «mi siervo»- había decidido hacer del rey babilónico el instrumento de Su ira contra los dioses de Egipto:

Así dice Yahveh, Señor de los Ejércitos, el Dios de Israel:
«He aquí que yo mando en busca de Nabucodonosor, mi siervo...
Y él herirá la tierra de Egipto,
y dará muerte a quien sea para la muerte,
y cautiverio a quien sea para el cautiverio,
y espada a quien sea para la espada.


Y prenderé fuego en la casa de los dioses de Egipto,
y él los incendiará...


Y romperá los obeliscos de Heliópolis,
la que está en la tierra de Egipto;
y Las casas de los dioses de Egipto abrasará con fuego».

En el transcurso de esta campaña, el Señor Yahveh anunció que también Jerusalén sería castigada por culpa de los pecados de su pueblo, por haberse dedicado al culto de la «Reina del Cielo» y de los dioses de Egipto:

«Mi ira y mi furia se derramarán sobre este lugar... y arderá y no se apagará... Sobre la ciudad en la que mi nombre se ha pronunciado vendrá la perdición».

Y así fue que en el año 586 a.C.,

«Nabuzaradán, capitán de la guardia del rey de Babilonia, entró en Jerusalén; e incendió la Casa de Yahveh, y la casa del rey, y todas las casas de Jerusalén... y el ejército de los caldeos echó abajo las murallas que rodeaban Jerusalén».

Sin embargo, Yahveh prometió que esta desolación se prolongaría sólo durante setenta años.

El rey que tuvo que cumplir esta promesa y permitir la reconstrucción del Templo de Jerusalén fue Ciro. Se cree que sus antepasados, que hablaban una lengua indoeuropea, habían emigrado hacia el sur desde la región del Mar Caspio hasta la provincia de Anzán, en la costa oriental del Golfo Pérsico. Allí, Hakham-Anish («Hombre Sabio»), el líder de los emigrantes, inició una dinastía a la que hemos dado en llamar dinastía de los Aqueménidas; sus descendientes -Ciro, Darío, Jerjes- hicieron historia como soberanos de lo que fue el imperio persa.

Cuando Ciro ascendió al trono de Anzán en el 549 a.C, su país era una distante provincia de Elam y Media. En Babilonia, por entonces centro del poder, el trono estaba ocupado por Nabunaid, que se convirtió en rey en circunstancias poco normales: no por la habitual elección del dios Marduk, sino como resultado de un peculiar pacto entre una Suma Sacerdotisa (la madre de Nabunaid) y el dios Sin.

 

En una tablilla parcialmente dañada se recoge la acusación de la que acabaría siendo objeto Nabunaid:

«Puso una estatua herética sobre una base... pronunció su nombre 'el dios Sin'... En el momento oportuno de la Festividad de Año Nuevo, aconsejó que no hubiera celebraciones... Confundió los ritos y trastocó las ordenanzas».

Mientras Ciro estaba ocupado peleando contra los griegos de Asia Menor, Marduk, que quería recuperar su posición como dios nacional de Babilonia,

«buscó y rebuscó por muchos países, intentando encontrar a un soberano justo y dispuesto a ser dirigido. Y pronunció el nombre de Ciro, Rey de Anzán, y dijo su nombre para que fuera el soberano de todas las tierras».

Después de que las primeras acciones de Ciro demostraran ser acordes con los deseos del dios, Marduk,

«le ordenó que marchara contra su propia ciudad. Babilonia. Hizo que saliera al camino de Babilonia, yendo a su lado como un amigo de verdad».

Así, literalmente acompañado por el dios, Ciro pudo tomar Babilonia sin derramamiento de sangre. En el día correspondiente al 20 de marzo del 538 a.C, Ciro «sostuvo las manos de Bel [el Señor] Marduk» en el recinto sagrado de Babilonia. El día de Año Nuevo, su hijo, Cambises, ofició la restaurada festividad en honor a Marduk.

Ciro dejó a sus sucesores un imperio que abarcaba en uno solo a todos los primitivos imperios y reinos de la región. Sumer, Acad, Babilonia y Asiría en Mesopotamia; Elam y Media en el este; las tierras del norte; las tierras hititas y griegas en Asia Menor; Fenicia, Canaán y Filistea; todos se encontraban ahora bajo la soberanía de un rey y de un dios supremo, Ahura-Mazda, Dios de la Verdad y la Luz.

 

En la antigua Persia, se le representaba como a un dios barbado (Fig. 5 a) que cruzaba los cielos dentro de un Disco Alado, muy parecido al modo en que los asirios habían representado a su dios supremo, Assur (Fig. 5 b).

Fig. 5
 

Cuando murió Ciro, en el 529 a.C, la única tierra que seguía siendo independiente con sus dioses independientes era Egipto. Cuatro años después, su hijo y sucesor, Cambises, llevó a sus tropas a lo largo de la costa mediterránea de la península del Sinaí y derrotó a los egipcios en Pelusium; pocos meses después entraba en Menfis, la capital real de Egipto, y se proclamaba faraón.

A pesar de su victoria, Cambises se cuidó mucho de emplear en las inscripciones egipcias la habitual fórmula de apertura: «el gran dios, Ahura-Mazda, me eligió». Reconocía así que Egipto no entraba dentro de los dominios de su dios. Como deferencia a los dioses independientes de Egipto, Cambises se postró ante sus estatuas, aceptando su dominio. A cambio, los sacerdotes egipcios legitimizaron su soberanía sobre Egipto, concediéndole el título de «Descendiente de Ra».

El mundo antiguo se hallaba ahora unido bajo un único rey, elegido por el «gran dios de la verdad y la luz» y aceptado por los dioses de Egipto. Ni dioses ni hombres tendrían ahora motivos para guerrear entre sí. ¡Paz en la Tierra!

Pero la paz fracasó al final. Al otro lado del Mediterráneo, los griegos iban creciendo en riquezas, poder y ambición, y cada vez se daban más conflictos, tanto locales como internacionales, en Asia Menor, el Mar Egeo y el Mediterráneo oriental. En el 490 a.C, Dario I intentó invadir Grecia y fue derrotado en Maratón; nueve años después, Jerjes I fue derrotado en Salamina. Siglo y medio más tarde, Alejandro de Macedonia cruzaba desde Europa para lanzar una campaña de conquista que vería correr la sangre de hombres de todas las tierras de la antigüedad hasta la India.

¿Acaso llevaba a cabo un «mandato digno de crédito» de los dioses? Nada de eso. Creyendo una leyenda según la cual su padre había sido un dios egipcio, Alejandro conquistó Egipto para escuchar el oráculo del dios que le confirmara sus orígenes semidivinos. Pero el oráculo también le predijo su temprana muerte, y los viajes y conquistas de Alejandro vinieron motivados, a partir de este momento, por su búsqueda de las Aguas de la Vida, de las cuales anhelaba beber para eludir su destino.

A pesar de tanta carnicería, murió joven y en la flor de la vida. Y, desde entonces, las Guerras de los Hombres han sido sólo las guerras de los hombres.

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